EL LOCO Y SUS HERMANOS

por deboracastilloabajo

Torpe, Aplicado, Meticuloso, Perezoso, el Juez y el Loco escriben poesía.  Su padre, Pablo Gervás, cuenta que Perezoso solo reparte palabras, caigan como caigan, en forma de verso; Torpe, Aplicado y Meticuloso han memorizado un buen puñado de poemas, la mayoría de autores del siglo de Oro, y el resultado es que los suyos suenan como los clásicos; el Loco es el surrealista de la familia, el más estricto de todos en cuanto a métrica y eso hace que muchas veces, el mensaje pierda coherencia.

Son todos ellos muy jóvenes, el mayor apenas tiene doce años, y su padre los pasea, orgulloso, por congresos y eventos, mostrando sus habilidades.

Sin embargo, en alguna conferencia, Pablo y sus seis retoños, han recibido abucheos e incluso insultos de alguno de los asistentes. Les acusan de no tener derecho moral a componer poesía, de hacerlo sin alma. Y es que Torpe, Aplicado, Meticuloso, Perezoso, el Juez y el Loco, no son niños prodigio, son los WASPo (Wishful Automatic Spanish Poet), o sea, programas informáticos.

El debate acerca de lo que deben —porque al parecer, lo que pueden es mucho— llegar a hacer las máquinas es interminable y tiene muchos frentes abiertos. A mí me gustaría reflexionar sobre los aspectos que se relacionan con el oficio de la escritura.

¿Por qué podría resultar ofensivo para los escritores que las máquinas llegasen a contar historias a través de combinaciones de algoritmos y fórmulas tan exactas como poco sensibles o pasionales?

Primero pensé, por lo del intrusismo, claro. Al final, cualquiera acabará pudiendo escribir una novela: un panadero, un apicultor, un ingeniero de telecomunicaciones, nuestro propio iPad… ¿Y? ¿Cuántos escritores hay que no son filólogos, ni periodistas, ni nada por lo que en este país —a falta de especialidades universitarias como la de Escritura Creativa, que sí existe, por ejemplo, en Estados Unidos— puedan ser considerados como tales? La respuesta es: a mogollón. Y nadie, ninguno de sus lectores pone en duda a qué se dedican. La escritura de ficción es un oficio lleno de intrusos, signifique lo que signifique eso en la jerga del mundo literario.

Lo siguiente que consideré fue lo de la falta de alma de quien crea la ficción. Y de nuevo mi conclusión resultó ser: ¿Y qué? El escritor hace su trabajo, se inventa una historia y la cuenta de la manera en la que le parece mejor hacerlo. Es un trabajazo, que quede claro. Y más si, tal y como me pasa mí, no se es del grupo de afortunados a quienes las historias les encuentran a ellos, sino que te tienes que romper la cabeza hasta que se te ocurre algo que te parece digno de ser contado. Y luego, te queda pelearte con todas las posibilidades que tienes para explicársela al lector hasta que das con la que te satisface.

Pero finalmente, seas del club que seas, lo que importa es la labor, lo que queda es lo que se ha escrito, el resultado del trabajo. Lo que cuenta para el lector es lo que lee y no la identidad,  los sentimientos, las creencias o el comportamiento de quien lo ha hecho.

Hay autores de éxito que se jactan de no haber leído una sola novela en su vida. Hay otros que ni siquiera han escrito ellos mismos los libros que firman. De ser así, ¿qué más dará si, quién cuenta la historia es un intelectual sesudo con gafas de pasta, un taxista del turno de noche, un ficus pandurata o una puñetera máquina?