VACACIONES EN EL MAR

por deboracastilloabajo

Me voy de vacaciones, a la playa. Menudo topicazo. Eso quiere decir que la semana que viene no habrá post, porque yo, de vacaciones, soy de las que para la máquina.

Al principio me hacía propósitos y juraba que lo que no había escrito en un año lo iba a escribir en un mes, el de agosto. Y luego, me pasaba los días tirada en el sofá de casa viendo series y películas, tomando cañas con los amiguetes, paseando por Barcelona —poniendo mucho cuidado en evitar las Ramblas, como toda buena autóctona—, y con unos remordimientos descomunales por no haber escrito nada de nada.

Ahora ya he aprendido. No cumplo mis propósitos, simplemente no me los hago. Cuando por fin asumes que escribir, además de un placer, es un trabajo, descubres que necesitas descansar. Así que, aparte de estos breves posts, no he producido nada más. Lo que sí he hecho es leer. De leer no puedo parar.

De pequeñas, mi madre nos obligaba a mi hermana y a mí a leer. Por suerte, para nosotras nunca fue un palo, porque resultó que nos lo pasábamos en grande. Como muchas chicas de nuestra generación nos iniciamos en la lectura con las mellizas O’Sullivan en el internado de Santa Clara, o Darrell Rivers, interna también, pero ella en la escuela Torres de Malory —en aquel tiempo suplicaba continuamente a mi madre de rodillas que me llevara a un colegio interno—, Los Cinco, Los Siete Secretos, todos ellos de la escritora Enid Blyton.

Los mejores ratos de lectura que recuerdo, eran las noches en la que que, antes de acostarnos, mi hermana, mi madre y yo leíamos en voz alta un capítulo de las aventuras de William Brown y los Proscritos, de Richmal Crompton. Llorábamos de la risa, tanto que a veces teníamos que dejar la lectura. Ahora los releo muchas veces —los volúmenes traducidos por Guillermo López Hipkiss son estupendos—, y me meo igual que cuanto tenía diez años. O más, porque entiendo y  saboreo mejor el doble sentido del humor inglés. Para los que dicen que mejor no usar demasiados adjetivos cuando se escribe, les recomiendo echar un ojo a dichos libros. O ya puestos, a los de Eduardo Mendoza, una de las lecturas que me reservo para las vacaciones.

Estos días me voy al mar cargadita: El enredo de la bolsa y la vida, de Eduardo Mendoza; 1Q84, de Haruki Murakami; La col.laboradora de Empar Moliner; La embriaguez de la metamorfosis, de Stefan Zweig; y Encantada de no haberte cocinado, de Abel Pohulanik.

Cuando empecé a estudiar Técnica Narrativa, pasé una temporada durante la cual, leer perdió un poco su encanto. No podía evitar analizar la forma que había escogido el escritor para estructurar la trama; en el lenguaje que utilizaba para acelerar o ralentizar el ritmo de la escena climática, o dónde la había situado, o cuántas había; en cómo estaban construidos los personajes, de qué manera los describía; bla, bla, bla…

Hablando con los alumnos, resulta que a ellos esto también les pasa. Pero tranquilos, llega un día en que todo vuelve a la normalidad y regresa el placer de la lectura sin otra preocupación que pasarlo en grande con la historia que se cuenta.

A eso voy: piscina, playa, sofá, libros y por la tarde un paseíto al pueblo —con cerveza o helado, dependiendo del día—. Yo quiero que siempre sea verano.