EN COMANDITA

por deboracastilloabajo

Lo peor de que se acabe el agosto es, para algunos como yo, que se acaban las vacaciones. Lo mejor es que el trabajo me gusta, así que, a pesar de ese algo de nostalgia  que queda, puedo decir que me apetece retomar mis labores.

De septiembre, y de las tareas que regresan a mi vida, lo que más pereza me da es la de programar, cuadrar los horarios de clases… O sea la parte más administrativa —en octubre, cuando llega el inicio del curso con los alumnos, ya estoy más contenta—. No obstante, de incorporarme a la rutina, hay una cosa que me encanta: volver a escribir en comandita.

Si buscáis en el diccionario, encontraréis esta definición:

comandita

f. Sociedad en la que hay dos clases de socios: unos con derechos y obligaciones y otros que tienen limitados o cierta cuantía su interés y su responsabilidad en los negocios comunes.

en comandita. loc. adv. En sociedad comanditaria.

                        fam. En compañía.

Me quedo con la última acepción.

No soy fan de trabajar con más gente. En la escuela lo hago, pero me cansa tener que  negociar, llegar a acuerdos, defender una opinión contra la de otro y quedarme con mal sabor de boca tanto si gano —a ver si me estoy equivocando y luego va a salir todo mal—, como si pierdo —se están equivocando y se va a ir todo al carajo—.  Sin embargo, me encanta escribir en comandita.

Hace algunos años, un grupo muy reducido de alumnos —tres, y no nos conocíamos de antemano—, nos matriculamos en un taller de Novela, los viernes a última hora de la tarde. No era el primer curso de escritura para ninguno de nosotros y el proyecto, además de aprender técnica narrativa,  era aventurarnos a escribir una primera novela, un capítulo por semana.

Sesión a sesión, fuimos cada vez sintiéndonos más cómodos, y eso que nuestros estilos no se parecían entonces —ni se parecen ahora—, en nada. Poco a poco fuimos entrando en el mundillo narrativo del otro, nos fuimos gustando y empezamos a respetarnos. Criticábamos y alabábamos el trabajo del compañero con vocación de aportar, y luego escuchábamos, con devoción, las puntualizaciones del profesor.

Yo, en mi caso, a veces hacía caso de lo que me decían en clase y a veces no, pero casi siempre probaba lo que me habían sugerido. Esto es algo que recomiendo a mis alumnos, que escuchen las opiniones y que se queden únicamente con las que les han convencido, con las que creen que han mejorado su trabajo. Si no las comparten, fuera. Es su obra, es su criterio.

Mis compañeros fueron mis primeros lectores. Si reaccionaban como yo esperaba pensaba: “Lo has hecho bien”.

Estuvimos juntos tres trimestres —se fueron añadiendo y marchando otros alumnos, pero nosotros aguantamos todo el año—, y en junio, nuestro profesor nos despidió alegando que ya nos había enseñado todo lo que él sabía, y que a partir de ahí estábamos solos.

La escritura es un oficio solitario. Yo, cuando llevo dos, tres, cinco, ocho meses escribiendo una misma historia y le he dado mil vueltas, entro en un bucle: “¿A quién demonios le interesa esto que estás escribiendo además de a ti? ¿Esta frase pinta algo o mejor que la quite? ¿Te ríes tú sola de tus gracias?…”.

Probablemente, a mis compañeros les pasaba lo mismo, porque los tres nos amotinamos y dijimos que nones, que nosotros seguíamos con o sin profesor, y él muy sabiamente, al ver que no podría con nosotros, se nos unió y empezó a compartir su trabajo.

Desde entonces, cada viernes, seguimos encontrándonos para leer lo que hemos producido entre semana. Y yo espero ese rato de ese día porque quiero ver que opinan mis colegas de mi trabajo, quiero oír el suyo y al final, me quiero ir de cañas con ellos y seguir hablando de nuestras novelas y de las de los demás. Y de las series que hemos descubierto —compartimos esa afición—, y de los libros que hemos leído…

Después de tanto tiempo, y seguimos encontrándonos los viernes. No otro día de la semana, los viernes.

¿No es esa una de las noches que habitualmente uno se reserva para pasar con sus amigos?