EMPEZAR BIEN

por deboracastilloabajo

La escritura, como todos los oficios, tiene sus reglas. Los manuales de técnica narrativa están llenos de ellas y los escritores las conocen y las aplican según su entendimiento o preferencia.

Estos criterios teóricos no siempre han sido los mismos. Ahora, las historias se cuentan de manera muy diferente a cómo se escribían las del siglo XIX,  teniendo en cuenta otras premisas, tanto a nivel de lenguaje como de estructura y trama.

Sencillez en el lenguaje, nada de palabras excesivamente rebuscadas ni de frases imposibles de leer de corrido y mucho menos de entender a la primera.

El lenguaje es menos práctico que la estética. Si, al querer hablar de una rosa, no dispusiéramos de ningún vocablo, si cada vez tuviéramos que decir “la cosa que se despliega en primavera y que huele bien”, la cosa en cuestión sería mucho menos hermosa.  (Amélie Nothom. Ácido sulfúrico)

Visibilidad, que consiste en hacer ver el carácter, las emociones y estados de ánimo de los personajes en lugar de utilizar términos abstractos para describirlos. Amor, por ejemplo es un abstracto. Estar enamorado no significa lo mismo para todo el mundo. No tenemos miedo a idénticas cosas. Los personajes tampoco, y hay que mostrar qué significa para ellos el sentimiento que tienen.

Muchos autores de tratados teóricos y escritores hablan sobre estos conceptos, y me gustaría aconsejar desde aquí la lectura de Seis propuestas para el nuevo milenio (Siruela) de Italo Calvino. El escritor desarrolla seis lecciones, —originalmente eran seis conferencias que Calvino dio en la Universidad de Harvard— en las que desgrana los conceptos de levedad, rapidez, exactitud, visibilidad, multiplicidad y consistencia.

Hay muchos libros que enseñan la manera de escribir un relato o una novela. A mí me gusta recomendar que sean leídos con interés, voluntad de aprender y, sobre todo, con prudencia.

En esta vida hay reglas para todo, y a veces las reglas se transgreden, y en algunas de esas ocasiones es para bien.

En narrativa, por ejemplo, se habla mucho de la importancia que tiene el primer párrafo —e incluso la primera frase—, en un relato o en una novela. Yo creo que es cierto y que hay maneras de arrancar que le quitan las ganas al lector de pasar de la página tres. Pero de ahí a dar por sentado que empezar de según qué manera es incorrecto, me parece exagerado.

Repasemos alguna de las recomendaciones.

No empieces con descripciones meteorológicas.

Es 1976. El cielo está encapotado y lleno de nubes grises. Son unas nubes bulbosas, arrugadas y brillantes. El cielo parece un cerebro. Debajo del cielo hay un campo azotado por el viento.

David Foster Wallace. Animalitos inexpresivos (La niña del pelo raro)

Evita arrancar con descripciones estáticas.

Las oficinas de correos rurales en Austria poco se distinguen unas de otras; quien ha visto una, las conoce todas. (Stefan Zweig. La embriaguez de la metamorfosis)

Después de esta primera frase, el autor describe con todo detalle como son dichas oficinas de correos durante las cinco primeras páginas de la novela.

No empieces con un sueño del personaje.

Hay un libro que se llama Como no escribir una novela que recomienda que más allá de no empezar con un sueño, ni siquiera se incluya uno en la narración.

Los autores, Howard Mittelmark y Sandra Newman, dicen:

Un buen sistema es permitirse un solo sueño por novela. Luego, cuando llegue la revisión final, lo quitas y en paz.

Por citar a un autor, Edgar A. Poe tiene un cuento El pozo y el pédulo que es enteramente un sueño del personaje.

Y así hasta el infinito:

—En el primer párrafo debes sentar las bases de la historia: género, protagonista, tiempo, tono, punto de vista…

—Entra de lleno en el conflicto desde la primera línea.

—No comiences con apelaciones directas al lector.

Habrá quien piense que estos autores se saltan las normas porque son —eran en los casos citados—, unos genios. Pero en realidad son personas que escriben, como muchas otras, que revisan y  escogen el principio que mejor les parece en función del sentido que tiene dentro de la historia completa.

En los cursos revisamos todas estas reglas y la conclusión es siempre la misma, que están por algo, pero apuntarse a un taller de escritura se hace con la voluntad de experimentar para comprobar por experiencia lo que más se adecúa a  la propia manera de contar.

Si todos hiciésemos caso de las normas establecidas sonaríamos igual y acabaríamos por escribir siempre la misma historia.