VAMOS A CONTAR MENTIRAS

por deboracastilloabajo

Decir la verdad no tiene ninguna complicación.

Puede que según que verdades sean un poco peliagudas de explicar, la sinceridad no es bien recibida en todas las ocasiones. Sin embargo, en general, contar algo que en realidad ha sucedido no requiere más esfuerzo que el de recordar los acontecimientos y verbalizarlos, sin añadir nada de cosecha propia.

Para los que escriben, decir “toda la verdad y nada más que la verdad”,  no vale. Los escritores mienten. Pueden partir de un suceso real pero, con frecuencia,  añaden algún que otro detalle que adorna la verdad  o todo lo contrario, esconden ciertas cosas que no vienen al caso, o que no conviene relatar por el bien de la historia.

También puede ser que el escritor mienta en la totalidad de los hechos que ocurren en la narración, y ese es un reto mayor que los demás.

Partir de la verdad ayuda, aporta un punto de referencia a partir del cual se construye el relato.  Hay incidentes reales y los personajes se basan en alguien que existe.

Mentir, inventar toda la historia de pe a pa, —la trama, los personajes, las ubicaciones—, exige un esfuerzo mayor. Hay que estar alerta: hacer un buen trabajo de construcción de personajes para que parezcan personas de verdad, contradictorios y capaces de las cosas más inverosímiles —como todo ser humano—, sin abandonar la coherencia; vigilar las expectativas que uno abre de cara al lector para no dejarle con la sensación de que al final de la historia hay cabos sueltos, cosas que no se entienden o que nadie sabe dónde van a parar.

El trabajo de un escritor no solo es el de contar mentiras, sino el de hacer que esas mentiras sean creíbles.

El otro día, hablaba con Imma Grau, una de mis alumnas, actriz, y que durante un tiempo trabajó en una escuela de interpretación dando clases a los niños. Ella me contaba que uno de los ejercicios que realizaba con los chavales era el hacerles mentir.

“Hoy me vais a contar una mentira, lo que queráis: que una familia de marcianos vive en el mismo edificio que vosotros, que vuestro perro habla, que mañana el sol no va a salir… Pero cuidado, yo tengo que creerme esa mentira. Tenéis que hacer que crea que lo que estáis contando es cierto”.

Algunos de ellos no podían por más que se esforzaban, y eso que los críos son unos patrañeros que se pasan el día intentando colar unos embolados de órdago a sus padres, profesores y amigos —para no ir al cole, para hacerse los chulos delante de los demás…—. Hay que estar concentrado para engañar con verosimilitud.

Para mentir hace falta control, no descuidar ni uno de los hilos que sostiene la farsa, no permitir que nos pillen en una contradicción, no dejar espacios en blanco. Esas habilidades se agudizan a medida que nos hacemos mayores.

Mentir, en el caso de los escritores, es un ejercicio de imaginación. Y tal y como decía Albert Einstein:

La imaginación es más importante que el conocimiento. El conocimiento se limita a todo lo que ahora conocemos y comprendemos, mientras que la imaginación abarca al mundo entero.

El título de este post —“Vamos a contar mentiras”—, también será el nombre de un nuevo blog que tendré en funcionamiento a partir de la semana próxima y en el que espero compartir con todos los que me seguís algunas de las mentiras que he inventado para distraer al personal. Aparecerán también los lunes,  una vez al mes, en lugar de opinar acerca de algo, os contaré un cuento.

Espero que los disfrutéis.

 

 

Anuncios