DEJA QUE ELLOS HABLEN POR TI

por deboracastilloabajo

Una de las piedras de toque con las que me suelo topar en las clases de narrativa —y con la que yo tropecé mientras era alumna—, es la del trabajo que debe hacer el autor para separar su propia voz de la del narrador/a.

En la actualidad sigo peleando esa batalla tan difícil, pero tan necesaria para que las diferentes obras de un escritor no acaben pareciendo la misma.

En alguna ocasión he mencionado mi opinión acerca de que en las novelas se usen hechos de la propia vida del autor: nada en contra —todos lo hacemos—, pero hay que distanciarse un mínimo de estos para no perder la perspectiva del significado de la historia.

Con la voz del narrador pasa un poco lo mismo, en muchas ocasiones es el propio autor el que acaba hablando, y mucho más cuando el narrador es un omnisciente, ese ente que todo lo sabe porque está en todas partes y en las cabezas de todos los personajes.

Uno de los ejercicios que  trabajo con los alumnos para desprenderse de ellos mismos a la hora de escribir —y que ellos en general encuentran muy difícil—, es el de explicar todos la misma historia pero con diferentes narradores. Cada alumno recibe un papel en el que se describe a alguien: una mujer mayor que vive sola y apenas sale a la calle, un policía joven recién incorporado al cuerpo con una visión muy estricta de quiénes son los malos y quiénes los buenos, una empresaria de éxito de mediana edad y frustrada por las cosas que ha dejado atrás para llegar dónde está, un colaborador de una ONG que lucha contra la pobreza local… Este alguien no es uno de los protagonistas de la historia, sino que va a ser quien la explique. No debe aparecer en toda la narración, no forma parte de los hechos. Los alumnos han de pensar la manera en la que él o ella contarían la historia, teniendo en cuenta su punto de vista, su manera de ver la vida. De hecho el ejercicio consiste en convertir a este ser en el narrador omnisciente, y así dar un enfoque completamente distinto al que el autor le daría para llegar a la misma conclusión que este querría.

No siempre sale bien, ya lo he dicho, es dificilísimo, pero en general sirve para que los autores dejemos de escucharnos tanto y otorguemos la palabra a los otros.

Este ejercicio también redunda en beneficio de los personajes, porque contra más se pierde el miedo a que el lector no entienda lo que se quiere contar —y que nadie lo hará mejor que el propio autor—,  más se permite a los personajes expresarse y contar ellos mismos como se sienten, bien a través de su voz, de sus gestos, incluso de lo que esconden.

David Safier, autor de los best sellers Maldito Karma, Jesús me quiere, Yo mi, me… contigo y Una familia feliz, explica que aprendió el oficio de novelista escribiendo guiones de televisión. Quien conozca sus novelas sabe que cumplen la función de “entretener y divertir” —puntos que él reconoce como sus objetivos—, y que uno de los elementos clave para que sus libros sean tan leídos, es que sus diálogos son ágiles y con sentido: siempre explican algo de la trama, o de alguno de los que están envueltos en ella. Estar en televisión —un medio en el que, como en el cine, el guionista apenas se ve—, le ha dado las tablas para saber quiénes son los verdaderos protagonista de una historia.