UNA Y NO MÁS

por deboracastilloabajo

Solo debemos leer para descubrir lo que debemos releer eternamente. A la literatura pertenece todo libro que se pueda leer dos veces.

Nicolás Gómez Dávila. Escolios

 

Hace unos días leí esta cita y volví a situarme en ese estado combativo que me impulsa a defender a la literatura más allá de lo sublime. O quizás debería decir más acá, porque lo que yo desearía es poder reivindicarla como algo cercano, asequible e interesante para una mayoría.

Yo pocas veces releo un libro. Como mucho, reviso algunos fragmentos que por alguna razón me impresionaron: el monólogo de Shylock de El mercader de Venecia; el capítulo en que la Comunidad del Anillo atraviesa las minas de Moria de El Señor de los Anillos; un diálogo entre Cosimo y Viola, en El barón rampante, en el que ambos dicen cosas que en realidad no quieren decir y el narrador en paralelo nos explica lo que de verdad sienten y desean expresar; el primer capítulo de Sin noticias de Gurb; el final de La sombra del águila

Estas relecturas me ocupan el tiempo justo que dura el párrafo o páginas, no suelo ir más allá para quedarme enganchada de nuevo en la novela. Leo lo que busco, lloro, río, me estremezco… y a otra cosa.

Yo como Santo Tomás, una y no más. No releo porque soy de las que sufre la presión de los muchos libros que hay por descubrir y también, porque a pesar de que aprecio una obra bien escrita, todavía me puede la intriga, lo que pasará: qué, cuándo, dónde, cómo, quién…

Así pues, aunque no vuelvo a leer las novelas, considero que todas ellas pertenecen a la literatura. Es más, también pertenecen las que no he leído, no porque no hayan caído en mis manos, sino porque habiéndolas empezado, he decidido abandonarlas a las veinte páginas por no sentirme atrapada con lo que se narra.

Esto me ha ocurrido más de una, más de diez y hasta más de veinte veces. Y esos libros son literatura, porque lo que merece la pena ser leído una o más veces —para quien sí relea—, depende del lector, así que no sé exactamente, según la frase del encabezamiento de esta reflexión, cuáles son los libros que estarían excluidos de la categoría de literatura.

La literatura y el cine tienen en común que ambos se dedican a contar historias de diferentes tipos.

Hay películas para ver en la televisión el domingo por la tarde, en el sofá; otras son para ser vistas en la pantalla del cine y quedarnos con la boca abierta por lo espectacular de sus efectos especiales y lo trepidante de su acción, y también las hay de las que exigen una tertulia con amigos para comentar el punto de vista del director. Todas son cine.

De la misma manera que hay libros para leer en el metro, durante unas cuantas paradas —la historia se interrumpe y se retoma con facilidad—, existen los que exigen un esfuerzo de concentración. Hay novelas que se leen y se olvidan en cuanto hemos empezado la siguiente porque su propósito no era el de perdurar sino el de hacer pasar el rato, y están las que subsisten durante días en nuestro cerebro, dando vueltas, revelando en cada reflexión un aspecto nuevo. Supongo que a estas últimas se refiere Nicolás Gómez Dávila cuando habla de las que se merecen más de una, pero en mi opinión, no solo estas son literatura.