SIN COMPLICACIONES

por deboracastilloabajo

 

El lenguaje es menos práctico que la estética. Si, al querer hablar de una rosa, no dispusiéramos de ningún vocablo, si cada vez tuviéramos que decir “la cosa que se despliega en primavera y que huele bien”, la cosa en cuestión sería mucho menos hermosa.

                                                                     Amélie Nothomb. Ácido sulfúrico

A veces, los escritores nos preocupamos demasiado a la hora de escoger una palabra. En muchas ocasiones, importa más mostrar los muchos conocimientos léxicos y sintácticos que hacer comprensible la imagen que se está mostrando.

Cuántas veces hemos leído un texto y hemos tenido que releerlo de nuevo porque no conseguimos retener el concepto que el autor trataba de explicarnos. Eso pasa porque el lenguaje es demasiado literario.

Puede parecer un sinsentido el hecho de hablar acerca de un lenguaje con un exceso de literatura cuando lo que se pretende es hacer literatura, pero hay que entender que el modo de contar historias ha cambiado sustancialmente desde los primeros narradores orales de nuestra historia.

En pleno siglo XXI, los lectores pedimos agilidad, visibilidad, nos importa más lo que nos cuentan que los conocimientos ilimitados de quien lo hace.

Eso por supuesto no quiere decir que no debamos tener un vocabulario amplio y cierta soltura a la hora de utilizarlo. Incluso se nos permite jugar con él siempre que no perdamos de vista que estamos explicando una historia.

Vamos a ver un ejemplo:

 A las ocho y media se detuvo a poner en hora su reloj de bolsillo. Llevaba la tarde entera sin dar descanso a los pies y traía la mueca del que sufre del hígado. Por lo demás, apretaba el calor en Madrid y de las cloacas subía un tufo, lo más parecido al aliento de un perro enfermo.

Con el golpe en las narices, y la mueca cruzándole el rostro, guardó su reloj en el chaleco y siguió andando hasta lo de Candelas; un sitio de cafelito, sifón y horchata que le quedaba a la vuelta de la esquina. Antes de entrar, y por ver si la camarera rubia había llegado, echó una ojeada desde la calle. Inclinándose por debajo de la persiana, aplastó su nariz contra el cristal y la divisó al fondo. Ahí estaba la pájara. Venía con una bandeja llena y el andar pimpante.

Cuando ella reparó en él, pegó un respingo que por poco tira las horchatas. Luego se compuso, disimuló y siguió sirviendo las mesas, como si el teniente Beltrán no existiera, como si no le importase ser atravesada por unos ojos iguales a dos monedas de plomo.

                                               Montero Glez. Pólvora negra.

 

Roberto Montero González —Montero Glez en el ámbito literario— es uno de los escritores de este país que consigue hacer gala de un lenguaje rico, diverso y bien adaptado a cada uno de los escenarios, épocas y clases sociales que retrata, sin necesidad de recargar frases, haciéndose entender fácilmente en el uso de cada palabra. Creo que es un buen ejemplo de que, en un texto literario, la sencillez no significa escasez o ausencia de calidad.

Os adjunto la bibliografía del autor que figura en su blog http://www.monteroglez.com

Montero Glez (Madrid 1965). Es autor de las novelas: Sed de Champán (1999) Cuando la noche obliga (2003) y Manteca Colorá (2005) así como de un volumen de cuentos titulado, Besos de fogueo (2007). Colaborador en distintos medios y bajo diferentes seudónimos, ha reunido sus artículos de opinión en Diario de un hincha, el fútbol es así (2006) y El verano: lo crudo y lo podrido (2008). Su novela Pólvora Negra fue galardonada con el premio Azorín de novela 2008. En el 2009 publica A ras de «yerba», apuntes futboleros. En noviembre de 2010 publica Pistola y cuchillo.

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