ME QUIERE, NO ME QUIERE…

por deboracastilloabajo

Hace unas semanas tuve el placer de ir a escuchar una charla de Eduardo Mendoza.

La reseña que posteriormente se publicó del evento, salió bajo el titulo: “Yo, lo que querría, es haber sido Fred Astaire”. Este deseo arrancó la primera sonrisa de los presentes y, claro está, no fue la última. Sin embargo, el escritor también dejó ir un par de afirmaciones que a mí me merecieron una reflexión más seria.

No grabé la conferencia, así que no puedo transcribir literalmente lo que el escritor dijo, pero no creo estar citando nada que no sea, en esencia, lo que allí quedó expuesto.

En primer lugar, el señor Mendoza declaró que en España no se quiere a los escritores. Para explicarse, habló de las veces que había ido a firmar ejemplares de sus novelas a Francia, y del respeto y el cariño que había percibido en los lectores de aquel país que no tenía comparación con el de sus lectores españoles.

Después, ya instalados en el tiempo para que los asistentes interviniéramos, alguien abordó el inevitable tema de las ediciones digitales y más específicamente, preguntó si la piratería había afectado de alguna manera al escritor. Él respondió que particularmente, no notaba un descenso significativo en las ventas de sus obras, y por lo tanto no se consideraba especialmente afectado por aquel problema, y que se sentía más perjudicado por las bibliotecas que por las posibles copias piratas de sus novelas que circularan en Internet.

El escritor contaba, de manera jocosa, que cada vez que, en uno de dichos centros, le enseñaban uno de los ejemplares de su libro, gastado por tanto manoseo, y le contaban que sus novelas eran de las más solicitadas, él no podía evitar ver en aquello las ventas que estaba perdiendo.

No puedo hablar por todos los lectores, así que lo haré solamente en mi nombre.   En estos tiempos, mi economía no da para pagar todos los libros que leo, por ejemplo en un mes -entre cinco y siete dependiendo del número de páginas de cada uno-, por lo cual no me queda otro remedio que el de acudir a la biblioteca o hacer intercambio con otros lectores. Sin embargo, procuro apartar de mi sueldo la cantidad para pagar al menos dos de los libros que voy a leer. Además, si alguno de los que he cogido en la biblioteca me ha gustado mucho, lo incluyo en mi la lista de la compra o en la de los regalos que quiero para mi cumpleaños. Sé de lectores, que a través de las bibliotecas se han enamorado de un escritor y ahora corren a comprar la nueva novela el mismo día de su aparición en las librerías.

Añadiré que,  el amor que le tengo a un escritor siempre viene definido por lo mucho que me gusta su obra, no por la persona del escritor en sí. Creo que lo más importante de un escritor es lo que escribe.

Lo único que me queda por decir es que yo le quiero, señor Mendoza, me ha hecho usted pasar algunos de los mejores ratos de lectura de mi vida, y también que, según lo que he expuesto anteriormente, lo sobados que están los ejemplares de sus novelas en las bibliotecas de nuestro país no indican más que lo mucho que se le quiere y se le respeta.

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